La Divinidad de Cristo

Todos cristianos, en todas épocas, han afirmado una declaración en cuanto a Jesucristo que ninguna otra religión ha proclamado en cuanto a su líder: particularmente, que Él es Dios encarnado. Desafortunadamente, esta doctrina que muchos cristianos dan por hecho ahora está bajo agresión por cuadrantes numerosos y varios: aun por los que dicen que creen en la inspiración bíblica. ¿Enseña la Biblia de hecho que Jesús es Dios?

Jesús se llamó a Si Mismo “Dios”

Antes de nada, es claro que Jesús se refirió a Sí Mismo como Dios. «Les aseguro que desde antes que naciera Abraham, Yo Soy» (Juan 8:58). «Yo Soy» es el Nombre Divino, el nombre indecible, el nombre revelado a Moisés desde la zarza ardiente (cf. Éxod 3:3-14). Cuando se atribuye a Sí mismo el Nombre Divino, Jesús declara Su propia divinidad. El pasaje del Evangelio según San Juan también implica fuertemente que Jesús está fuera del tiempo: un atributo que sólo Dios posee. Si Jesús no es Dios, Sus palabras aquí no tienen ningún sentido.

Las palabras de Jesús durante Su Tentación en el desierto también son instructivas. Cuando Satanás le tentó a Jesús a tirarse desde un acantilado, aun presumiendo de citar la Sagrada Escritura para que la tentación fuera más persuasiva, Jesús le respondió por decir, «No tentarás al Señor, tu Dios»— ¡en referencia a Sí Mismo! (Mat 4:7). Al tentar a Jesús Satanás tentaba a Dios, y Jesús se aseguró de que Satanás lo supiera.

Jesús se llamó a Sí Mismo el «Hijo de Dios», lo cual, desde la mentalidad judía, era una declaración radicalísima. Durante el juicio de Jesús ante los líderes de los hebreos, el Sumo Sacerdote le dijo a Jesús, «Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios». (Mat 26:63). Jesús le respondió por decir, «Tú lo has dicho». (v. 64). El Sumo Sacerdote respondió por rasgar sus vestiduras y decir «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia» (v. 65).

Más tarde, ante Poncio Pilato, los judíos dijeron, «Nosotros tenemos una Ley, y según esa Ley debe morir porque él pretende ser Hijo de Dios» (Juan 19:7). Sabían que declarar que uno mismo era «el Hijo de Dios» fue declarar que uno era de la misma naturaleza con Dios. El hijo de un padre siempre comparte la naturaleza del padre. O, como la Carta a los Hebreos nos dice, el Hijo «es el resplandor de su gloria y la impronta de su ser.»

Los judíos reprendieron a Jesús por haber curado a un hombre que no podía caminar y por haberle dicho que llevara su camilla en el Sabbat. Jesús respondió por decir, «Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo» (Juan 5:17). Inmediatamente después de esto, Juan nos dice, por si acaso no estemos convencidos, «Pero para los judíos esta era una razón más para matarlo, porque no sólo violaba el sábado, sino que se hacía igual a Dios, llamándolo su propio Padre» (v.18)

Jesús, para hacer esto más explícito, aun les dijo a los judíos, «El Padre y yo somos una sola cosa» (Juan 10:30). Cuando oyeron esto, «Los judíos tomaron piedras para apedrearlo» (v. 30). Jesús les contestó «Les hice ver muchas obras buenas que vienen del Padre; ¿Por cuál de ellas me quieren apedrear?» (v. 32). Los judíos le respondieron, «No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino porque blasfemas, ya que, siendo hombre, te haces Dios» (v.33).

Finalmente, cuando Juan, en su revelación, vio un visión del «Hijo de hombre», esta figura le dijo «No temas: yo soy el Primero y el Ultimo, el Viviente» (Apoc 1:17). Al decir esto, el Hijo de hombre se equiparaba a Sí Mismo con «el Señor Dios, el que es, el que era y el que vendrá, el Todopoderoso» que dijo «Yo soy el Alfa y la Omega» (v. 8). Por supuesto, Jesús es este «Hijo de hombre». Usó este título para referirse a Sí Mismo en muchas ocasiones a lo largo de su ministerio (28 veces el en Evangelio según Mateo solo).

La gente llamó a Jesús «Dios»

En muchos pasajes, los apóstoles y los seguidores de Cristo lo llaman «Dios» también. San Juan empezó su Evangelio con estas palabras: «Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios» (Juan 1:1). Sabemos que esta «Palabra» es la Segunda Persona de la Trinidad hecho hombre—Jesucristo—porque Juan dice pocos versos después, «Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (v. 14). Juan también llamó a Jesús «el Dios verdadero y la Vida eterna» en su primera carta (5:20).

Pedro, por su parte, acusó a los judíos en el Templo de matar «al autor de la vida» cuando pidieron que Barrabás se les soltara y enviaron a Jesús a la crucifixión (cf. Hech 3:12-13). Sin embargo, Pablo aclara que Dios da la vida a todas cosas (cf 1 Tim 6:13). Así, Jesús no puede ser el autor de la vida (o el creador) al menos que sea Dios. Pedro específicamente llamó a Jesús «nuestro Dios y Salvador Jesucristo» en su segunda carta (1:1), como lo hizo Pablo (cf. Tit 2:13). Pablo también dijo de Cristo que «en él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad» (Col 2:9). Según Pablo, hablando de Cristo: «El, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente» (Fil 2:6).

Dios el Padre llamó «Dios» a Jesús

Las palabras de Dios en la Carta a los Hebreos son muy interesantes:

Heb 1:5-8 «¿Acaso dijo Dios alguna vez a un ángel: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy”? ¿Y de qué ángel dijo: “Yo seré un padre para él y él será para mí un hijo”? Y al introducir a su Primogénito en el mundo, Dios nos dice: “Que todos los ángeles de Dios lo adoren”. Hablando de los ángeles, afirma: “A sus ángeles, los hace como ráfagas de viento; y a sus servidores como llamas de fuego”. En cambio, a su Hijo le dice: “Tu trono, Dios, permanece para siempre. El cetro de tu realeza es un cetro justiciero.”»

En este pasaje notable, el Padre se dirige al Hijo al decir, «Tu trono, Dios, permanece para siempre.» Tiene sentido que Dios el Padre proveería el sello final sobre el testimonio de la divinidad del Hijo.

La gente adoraban a Jesús

En el Nuevo Testamento, en ocasiones numerosas había personas que específicamente adoraron a Jesús como Dios. De hecho, desde el momento de Su nacimiento Él fue adorado. Los Reyes Mago declararon su intención claramente:

Mat 2:2, 11 «“¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo”…. y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra. »

Cuando Jesús salvó a Sus apóstoles de la tormenta, andando por encima del agua y calmando la tempestad usando Su propio poder (el cual es, en sí mismo, una expresión de Su divinidad), Mateo nos dice, «Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios». (Mat 5:6). Del hombre que Jesús cura de un espíritu impuro se dice: «Al ver de lejos a Jesús, vino corriendo a postrarse ante él» (Mar 5:6). Cuando Jesús le preguntó al hombre que Él había curado de la ceguera si creía en el Hijo de hombre, Entonces él exclamó: «Creo, Señor», y se postró ante él» (Juan 9:38).

Después de la muerte de Jesús, Él continuó ser adorado. Cuando le apareció a Tomás después de Su Resurrección y Tomás podía ver y tocar en realidad los heridos del Señor Resucitado, «Tomas respondió: “¡Señor mío y Dios mío!”» (Juan 20:28). Cuando apareció asimismo a Sus discípulas, «Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él» (Mat 28:9). Después Jesús apareció en una montaña en Galilea y «Al verlo, se postraron delante de él» (v.17). Cuando Jesús ascendió al Cielo, «Los discípulos, que se habían postrado delante de él, volvieron a Jerusalén con gran alegría» (Luc 24:52).

Aun hay instancias en la Sagrada Escritura donde personas específicas rezan a Jesús después de Su muerte. En el Libro de Hechos leemos cómo «Mientras lo apedreaban, Esteban oraba, diciendo: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”». (Hech 7:59) En Hechos 9:10-17, leemos que «el Señor» le dijo a Ananías que encontrara a Saulo (v.11), quién acaba de ser cegado por una epifanía de Jesús en camino a Damasco. No obstante, cuando Ananías le dijo a Pablo lo que había oído en oración, dijo que fue «el Señor Jesús» que lo envió para que Saulo pudiera recobrar la vista y quedar lleno del Espíritu Santo (v.17). Esto solamente puede significar que Ananías habló con Jesús mismo en oración. Esto es tanto un acto de adoración como una indicación clara (debido a los poderes y las prerrogativas ejercidos) que Jesús es Dios.

La exaltación de Jesús como Dios en el Cielo.

Jesús se sienta en el Cielo a la mano derecha del Padre, donde es adorado por todos los ángeles y santos:

Apoc 4:9-11 «Y cada vez que los Seres Vivientes daban gloria, honor y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro Ancianos se postraban ante él para adorarlo, y ponían sus coronas delante del trono, diciendo: “Tú eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder. Porque has creado todas las cosas: ellas existen y fueron creadas por tu voluntad”».

Apoc 5:8, 12-14: «Cuando tomó el libro, los cuatro Seres Vivientes y los veinticuatro Ancianos se postraron ante el Cordero. Cada uno tenía un arpa, y copas de oro llenas de perfume, que son las oraciones de los Santos, … y exclamaban con voz potente: “El Cordero que ha sido inmolado es digno de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor, la gloria y la alabanza”. También oí que todas las criaturas que están en el cielo, sobre la tierra, debajo de ella y en el mar, y todo lo que hay en ellos, decían: “Al que está sentado sobre el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y poder, por los siglos de los siglos.” Los cuatro Seres Vivientes decían: “¡Amén!”, y los Ancianos se postraron en actitud de adoración.»

Apocalipsis 7:11-12: «Y todos los ángeles que estaban alrededor del trono, de los Ancianos y de los cuatro Seres Vivientes, se postraron con el rostro en tierra delante del trono, y adoraron a Dios, diciendo: “¡Amén! ¡Alabanza, gloria y sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza a nuestro Dios para siempre! ¡Amén!”»

Literalmente, todos los términos de adoración y alabanza aplicados al Padre en Apocalipsis también son aplicados a Jesús. La conclusión es hecho irrefutable: Él es, y debe ser, Dios.

Conclusión

Lo anterior es clarísimo. Y piense, ¡en serio solamente hemos arañado la superficie de la evidencia bíblica a favor de la divinidad de Jesús! También podíamos discutir los atributos de Dios que Jesús posee, como su omnipotencia y su omnisciencia. Podía examinar en detalle los otros títulos de Jesús, como «Cristo», «Señor», «Salvador», «la Palabra», «el Rey de los reyes», etc. Podíamos estudiar las profecías del Antiguo Testamento sobre Dios que Jesús cumple y realiza. El punto es que la Sagrada Escritura aclara—abundantemente aclara—que Jesús es Dios, una declaración de fe que realmente es el fundamento de toda la cristiandad.

Escrito Por: Nicholas Hardesty, M.A. teología, Franciscan University
Editado Por: Dave Armstrong

Traducido Por: Victoria Grefer